Había una vez una actriz. Algunos creían que era una princesa. Otros aseguraban que se trataba de un ángel. Todos coincidían en que lo único que superaba a su belleza era su bondad. La pantalla la dio a conocer sencillamente como Audrey Hepburn.
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Mi mamá y yo compartíamos muchas cosas. Una de ellas era el cine. Ninguna era cineasta, vestuarista, ni actriz. Lo que hacíamos era mirar películas. Muchas. Indiscriminadamente. Y hablar de sus estrellas como si fueran parte de la familia. Infinidad de veces la había escuchado hablar de una de sus películas favoritas, La princesa que quería vivir , y de cómo ella –al igual que el resto de las mujeres del mundo- había salido disparada a exigirle al peluquero un corte igual al de la princesa Ann. Hasta que una noche nos sentamos juntas frente al televisor y, con una importante provisión de pochoclo y golosinas, entendí de qué hablaba. La princesa quería saber lo que era ser una chica normal. Vagando por noctámbulas calles bajo el efecto de somníferos se cruzaba con Gregory Peck. Más tarde se cortaba drásticamente el pelo, asistía a un baile popular y rompía una guitarra en la cabeza de alguien. Como había advertido mi mamá durante tantos años, la princesa Ann era hermosa, chispeante y adorable.
La princesa Ann era Audrey Hepburn, sin lugar a dudas la actriz más preciosa, grácil y enternecedora de la historia del cine.
| Su infancia distó mucho de ser un lecho de rosas. Había nacido el 4 de mayo de 1929 en Bruselas, hija única de un banquero inglés y una baronesa holandesa. La familia tenía un buen pasar y Audrey comenzó sus estudios en colegios privados de Inglaterra y Holanda. Pero en 1935 todo empezó a quebrarse. La pareja se divorció y el padre se alejó por siempre de la familia. El golpe fue devastador para Audrey, quien más tarde catalogaría el suceso como “el evento más traumático de mi vida”. Y la situación para la pequeña niña no haría más que agravarse. Holanda era ocupada por los nazis y los alimentos escaseaban al punto de llegar a improvisar comidas con tulipanes. La salud de Audrey, que padecía síntomas de desnutrición, empezó a resquebrajarse. Algunos días permanecía en cama leyendo, en un intento por “distraer” el hambre. También se dice por ahí que en sus zapatos de baile llevaba escondidos mensajes para la resistencia. |
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Pero no todos los recuerdos de su infancia eran tristes. “En tanto tenga lo mínimo, un chico es perfectamente feliz”, diría más adelante. “También recuerdo divertirme mucho. No nos sentamos en el piso a llorar durante cinco años. Aunque por supuesto, siempre había una nube de miedo y represión, y sucedían cosas terribles”.
Cuando la guerra terminó, ella y su madre se mudaron a Londres, donde Audrey siguió estudiando ballet, y comenzó a trabajar como modelo y como bailarina en clubes nocturnos, para conseguir algo de dinero. Sus profesores creían que era demasiado alta (medía un metro setenta) para poder forjarse una carrera como bailarina profesional, así que Audrey decidió probar suerte en la actuación. En 1951 consiguió algunos papeles como extra en varios films, hasta que uno de ellos le abrió las puertas hacia algo más grande.
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La escritora Collete estaba buscando una cara fresca para interpretar a la protagonista de su nueva obra de teatro, Gigi . Y al ver a Audrey en una de estas películas exclamó “¡Voilá! ¡Esta es nuestra Gigi!”. El 24 de noviembre de ese año, la obra –que le valió a la debutante un premio Teatro del Mundo- se estrenó en Broadway. Y se mantuvo en cartel el tiempo suficiente para que William Wyler, con su característico ojo para descubrir estrellas, la viera y la contratara para co-protagonizar con Gregory Peck la comedia romántica La princesa que quería vivir . Este papel, en el que la novata se luce por su naturalidad, su desparpajo y su carisma –además de su calma belleza-, le valió el Oscar a mejor actriz. |
Sin lugar a dudas, su carrera empezaba con el pie derecho. A esta película le siguió Sabrina , dirigida por Billy Wilder y co-protagonizada por Humphrey Bogart y William Holden. Este film fue significativo por distintas razones. A través de él, Audrey Hepburn entró en contacto con el diseñador Givenchy, de quien se convertiría en musa y con quien mantendría una relación tanto laboral como de amistad por el resto de sus días. En la historia de una chica que deja de pasar desapercibida cuando regresa de un viaje a París convertida en una elegante mujer de mundo, el vestuario adquiría un protagonismo central. Los vestidos que luce la actriz –y el modo en que lo hace- son parte de la historia hollywoodense. A partir de este film, Audrey se convertirá en un símbolo de estilo y buen gusto. La película también le sirvió para afianzar su carrera como actriz, ya que por ella recibió una nueva nominación a los premios de la Academia. Pero lo más importante tal vez le haya sucedido a nivel personal. Durante el rodaje, Audrey entabló una relación amorosa con William Holden (conocido por tener amoríos con todas sus compañeras de trabajo), pero la historia llegó a su fin cuando la actriz supo que Holden se había sometido a una vasectomía y, por lo tanto, en caso de que la relación prosperara, no podrían tener hijos.
A los pocos meses, en la obra teatral Ondine , Audrey se enamoraría de quien al poco tiempo habría de convertirse en su primer esposo, el actor y director Mel Ferrer. La obra, además, le valió a la actriz un premio Tony a mejor labor femenina. Todo parecía ir bien. A Sabrina le siguieron títulos como La guerra y la paz , Funny Face y Amor en la tarde , pero en su vida personal afloraba un problema que habría de angustiarla por siempre: la pérdida de embarazos. Tras muchos esfuerzos, tuvo su primer hijo, Sean, en 1960.
| En el 61 se produjo uno de los pasajes más memorables de un personaje de una novela al celuloide. Apenas tres años antes, Truman Capote había dado vida en papel a una joven extrovertida, oportunista y alocada, a la que decidió llamar –a esos fines- Holly Golightly (Holly, apócope de “holiday”, vacación; Go-lightly, ir ligero, con levedad). El escritor puso el grito en el cielo cuando se enteró que la productora había elegido a Audrey Hepburn para protagonizar Desayuno en Tiffany's , ya que en realidad el personaje se parecía muy poco a ella, y él tenía en mente para el papel a su amiga Marilyn Monroe. Tras pasarse la mitad de la filmación con cara de pocos amigos, la actriz pudo finalmente convencerlo de que era apropiada para el papel y, a pesar de las modificaciones que se produjeron sobre el libro original (que no era una comedia romántica y no tenía un final feliz), su interpretación se convirtió en una de las más reconocidas de su carrera. |
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En ese mismo año, Audrey apareció en otra película, de un tinte prácticamente opuesto a la comedia de Mel Brooks: La mentira infame . Se trataba de la adaptación de una obra teatral de Lilian Hellman que, además de lidiar con la temática de las mentiras y el efecto que los rumores pueden tener sobre la vida de las personas, lo hacía también con un tópico un tanto más controversial: el lesbianismo. William Wyler ya había realizado, en 1936, una adaptación al cine, pero los censores hicieron que la historia de amor entre dos amigas se redujera a un estereotípico triángulo amoroso (y heterosexual). Esta vez, sin bien la censura fue menos estricta, el acercamiento al tema de la homosexualidad sigue siendo difuso y lateral y las vagas insinuaciones al mismo no hacen más que condenarlo como una aberración.
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Tras este film, y hasta 1967, Audrey protagonizó grandes producciones como Charada , Mi bella dama y Cómo robar un millón . En el 67 le dio vida a una mujer ciega que es atacada en su propio hogar en Sola en la oscuridad , que le valió su cuarta nominación como mejor actriz para los premios de la Academia (la tercera había sido por Desayuno en Tiffany's ). Ese mismo año se divorció de Mel Ferrer y, al poco tiempo, se volvió a casar con el psiquiatra Andrea Dotti, con quien tuvo su segundo hijo, Luca, en 1970. Pero las infidelidades del italiano harían que el matrimonio acabara 13 años después. Tras dos frustraciones, el verdadero amor finalmente llegaría para acompañarla durante los últimos años de su vida. El actor holandés Robert Wolders fue el primer hombre en hacerla plenamente feliz, como reconocería cerca del final de su vida en una entrevista, “me tomó tanto tiempo”, pero finalmente había conocido la felicidad. |
Tras Sola en la oscuridad , Audrey comenzó a desacelerar la velocidad de su carrera. En los años que seguirían hasta su muerte filmó sólo cinco películas. El foco de su atención estaba ahora puesto en otro lugar. A fines de la década del 80, la actriz, que siempre fue reconocida por su carácter desinteresado, solidario y totalmente alejado del egocentrismo –así como también por su amor hacia los niños-, comenzó a trabajar como embajadora de la UNICEF. Realizando viajes a países africanos y asiáticos, trató de concientizar al mundo sobre las condiciones en las que los niños de esos países se veían obligados a vivir. Tras su muerte le fue otorgado un Oscar por su acción humanitaria.
En 1992 le detectaron un cáncer de colon que ya se había extendido demasiado. No quedaba nada por hacer. El 20 de enero de 1993, la vida de Audrey Hepburn llegaba a su fin.
“Dios tiene ahora con él al más hermoso ángel, que sabrá exactamente qué hacer en el cielo”. Con esas palabras, Elizabeth Taylor resumió lo que todos aquellos que la conocieron –y también los millones que no- pensaban de ella. Audrey Hepburn supo ser un ángel en su paso por la tierra, tocando la vida de todos, no sólo a través de la pantalla.
En su funeral, su amigo Gregory Peck leyó el poema favorito de Audrey, “Amor eterno”, de Rabindranath Tagore.
Miro al pasado y al final de todo
emerges tú,
revestida con la luz de una estrella polar,
traspasando la oscuridad del tiempo,
y te conviertes en una imagen
que será recordada por siempre. |
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