Revista Alrededores

"Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo." (Mario Benedetti)

Mario Benedetti

Año IV - Nro. 40 - Junio 2009
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La palabra lograda

 

Esther Cross fue la primera invitada del ciclo mensual Café literario con escritores que se realiza desde mayo en el café Tortoni. Es la ganadora del Premio Internacional de narrativa Siglo XXI 2009, por su novela La Señorita Porcel. Autora de Bioy Casares a la hora de escribir; La inundación; El Banquete de la Araña; Radiana; La divina proporción y Kavanagh. Probablemente, esta mujer risueña no sepa del todo que está destinada a figurar entre las grandes escritoras latinoamericanas: Alfonsina, Gabriela, Silvina, Juana, Alejandra... y Esther.

 
 

El jueves 14 de mayo se llevó a cabo el primer encuentro del ciclo Café Literario con escritores, en el Café Tortoni. Ella no hizo caso al tumulto de gente desesperada por atravesar la ciudad, en esa Buenos Aires que se acercaba amenazante a las siete y media de la tarde, sin subte por un paro de trabajadores. No sé si sobrevoló el centro o si fue una aparición que tuvimos, pero lo cierto es que Esther Cross llegó diez minutos antes, como habíamos pactado, fresca y contenta, como si hubiera viajado en el paraguas de Mary Poppins. Ahí encontré a la mujer chiquita que mueve los hilos de personajes como: el científico loco, de la pianista frustrada, de los ricachones venidos a menos, de los porteros chusmas, de la nena en el campo siniestro, de la enana perfecta... los imagino tironeando de los hilos de la exquisita trama narrativa, y a Esther yendo de un lado a otro, un poco para contenerlos, otro poco para dejarse llevar.

Esther Cross es la ganadora del Premio Internacional de narrativa Siglo XXI 2009, por su novela La Señorita Porcel. Es la autora de Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el escritor (Tusquets, 1987); las novelas Crónicas de alados y aprendices, (1992); La inundación (Emecé, 1993); El Banquete de la Araña (Tusquet, 1999) y Radiana (Emecé, 2007), y de los libros de cuentos La divina proporción (Tusquet, 1994) y Kavanagh (Tusquets, 2004). Pero a ella no la hace grande su obra publicada. Eso nos hace afortunados al resto, porque podemos leerla. Ella es grande porque tiene el arte de escribir en la carne. Porque le brota y puede dejarlo ser, y eso la convierte en una mujer feliz. Es una relación recíproca: ella necesita a la literatura y la literatura la necesita a ella. Probablemente, esta mujer risueña no sepa del todo que está destinada a figurar entre las grandes escritoras latinoamericanas: Alfonsina, Gabriela, Silvina, Juana, Alejandra... y Esther.

Esther Cross
Esther Cross

Aquí, una selección de preguntas que la escritora nos respondió con su gracia característica, a quienes habíamos ido a compartir un prodigioso café con ella.

¿Cómo haces para elegir entre todas las posibilidades que hay para decir una cosa?

Con el tiempo yo aprendí que está bueno ponerte una disciplina. Sentarte todos los días, y no ser demasiado condescendiente. No forzar el texto, tampoco. Pero decir se puede. Y hacer lo que contaba Hemingway en una fiesta. Dice que estaba trabado, y un día dijo “Basta. Voy a escribir una oración afirmativa”. Voy a escribir una oración donde pase algo. Por ejemplo no sé, Matías llegó al bar. Punto. A esa oración aseverativa, le voy a escribir otra oración aseverativa. “Pidió un café”. Punto. Te juro que cuando la inspiración no viene, puede funcionar. Y te afloja la mano. Hay que intentar e intentar. Pero ¿Cómo te das cuenta si estás bien encaminado o no? Además de que hay una cuestión de oído. Yo creo que la prueba definitiva es, si vos volvés a leer lo que estás haciendo, y sentís que estás verseando, o no estás verseando, que estás firuleteando para mostrar lo bien que escribís, que esta oración la hiciste para mandarle un guiño a alguien, o para impresionar a fulano. O porque te tragaste las 3.000 páginas de Proust y querés que se note. O, si lo que estás escribiendo es verdadero. Si esa es la verdad del texto. Un texto que realmente es tuyo.

¿Hay tópicos que notas que se repiten en tus textos?

Sí, hay una etapa de la vida de las personas que es cuando sienten que se están viniendo abajo. Económicamente en Kavanagh, por ejemplo. Es el momento en que la persona dice bueno, voy a resistir hasta el final, o me voy a entregar, o voy a cambiar, o voy a renunciar y me voy a dedicar a mirar el pasado como esplendoroso. Y ahí están los personajes de Kavanagh, o en el Banquete de la araña cuando hay una mentira que ya no se puede sostener, pero me di cuenta porque me lo dijo alguien. No lo hice a propósito.

Y en la trama se tratará de ver qué pasa, cómo se resuelve eso. Pienso en las manos de Rita, la protagonista en Radiana.

Esther Cross, Literatura, Argentina, Tortoni, La señorita porcel
Imágen del primer Café Literario en el Tortoni

Audio de la charla que brindó la escritora Esther Cross

Claro. Y el personaje tiene que tomar partido, aunque no haga nada, es una forma de hacer algo.

Otra cosa que aparece en tus obras es el final circular. Terminar con una frase del comienzo, pero con los personajes totalmente transformados.

A mí me gusta ver cómo algo que decís en distintos momentos se puede entender en distinta forma. Cómo las cosas cambian de sentido. Muchas veces, las atracciones de la gente. Hay gente que se separa por lo mismo que lo enamoró. Por ahí escuchas que alguien dice “a mí me enamoró lo inteligente que era. Y diez años después te dice: “me separé porque era un plomo, ¡estaba todo el tiempo pensando!” Es interesante eso de ver cómo una misma palabra, una misma frase cambia en distinto lugar.

Y es interesante, como lector, ver que te cambia la imagen al leer esa frase en lugares diferentes del texto. Después de escribir, ¿sabes cuándo publicar la obra? ¿La dejas "estacionar"?

Antes la dejaba, ahora no tanto. Me parece más piola no tomarme tan enserio. Termino la novela, la dejo descansar, y la corrijo la corrijo y la corrijo. Pero llega un momento que digo ¡basta! ¡Tampoco voy a estar tres años con esto! ¡Corrigiéndola como si fuera tan importante! ¡Tampoco es para tanto! Y si salió mal, si es un libro fallido, y bue, viste voy a seguir escribiendo otro, pero si uno se pone solemne... cuando yo me pasaba dos o tres años corrigiendo, era un poco soberbio. Sacar ese texto que merece tanto tiempo. ¡No! Que termine y que venga algo nuevo. Más divertido.

¿Y ahora en qué estás trabajando?

Ahora armamos con Angie Pradelli, una biblia escrita, no toda, algunas historias del antiguo testamento, contadas de nuevo por 24 escritores, de lo mejor de lo mejor. Está Héctor Tizón, Antonio Dal Masetto, Angélica Gorodisher... y lo que hicimos fue leer todo el antiguo testamento, pensando qué historia le pegaba a cada uno. A Luisa Valenzuela, que se mueve mucho con la cosa erótica, le dimos Sodoma y Gomorra. A Tizón le dimos las etapas del desierto. A Sasturain, que es más juguetón, le dimos un profeta que se llama Isaías. Y aunque algunas estén tomadas de modo bíblico y otras no, cuando las ves todas juntas funcionan como una biblia, es muy fuerte. Porque, mal que mal, hubieron estos 24 genios trabajando durante el mismo tiempo en lo mismo. Se lo

Beccaría, Esther Cross, Literatura, Argentina, Tortoni, La señorita porcel
Virginia Beccaría junto a Esther Cross, durante la charla
dimos a Emecé, y esperamos que para diciembre más o menos salga el libro. O cuando diga la editorial.

¿Y la novela ganadora del Premio Internacional de narrativa, la Señorita Porcel?

Sale en agosto en México, y después acá. Es la historia de una millonaria aburrida, que vive en Recoleta, que es de clase alta y está muy resentida con su clase. Y de golpe se da cuenta que es demasiado inteligente para ser de derecha y demasiado rica para ser de izquierda. Tiene mucha bronca contra la clase alta. Y se desquita tratando de matar en un cajero automático a una mujer que se llama la señorita Porcel, que es como la típica mujer de recoleta. Todo esto pasa cuando está por explotar diciembre del 2001.

¿Qué libros o textos tuyos le recomendarías a alguien que quiere empezar a leerte?

El último. Pero claro, en el último que hice me parezco mucho más a la mujer que escribió La señorita Porcel el año pasado, que a la escribió Radiana.

Hablamos de la dificultad de escribir finales felices. De lo trabajoso de elegir un título. De cosas terriblemente graciosas de la vida en la literatura y viceversa. De lo arduo de corregir y corregir, y de lo angustiante del veredicto. De los misterios de gestación de su prolífica obra, entre otras cosas. Conversamos mucho. Entró la noche sin darnos cuenta. Pudimos escucharle un párrafo de “Los que volvieron”, el cuento que nos trajo de regalo. Lo dejó para todos y yo lo guardé, como un tesoro invaluable. Lo dejé en un cuaderno en el apuro del final del día, y Apareció corriendo por los galpones, con el recado flojo y cara de loco. Y ese, ni siquiera era el comienzo de la historia.

 

 

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