Revista Alrededores

"Me gusta pensar que en toda víctima de la precarización hay un impulso afirmativo que
combate la tristeza". (Osvaldo Baigorria)

Osvaldo Baigorria

Año IV - Nro. 38 - Abril 2009
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Buenos vecinos

 

 

"... la vecindad del Chavo del 8 es un ejemplo micro de las relaciones entre vecinos muy cercanos: se odian, se golpean, se ponen motes y son tan mezquinos como amables. Todo pasa en unos pocos metros cuadrados, incluso el amor."
 
 

Los vecinos que viven a la izquierda de casa son buenos, centrados y amables; aunque cuando hacen fiestas terminan todos matándose a trompadas e intuimos que el hijo de los viejos vende droga. Del otro lado no hay vecinos, sino un terreno lindante que es ocupado por la municipalidad para guardar máquinas que se utilizan en jardinería de plazas y demás. Sin embargo, cuando vienen los operarios forjan exagerados ruidos, sintonizan cumbia a todo lo que da y el olor del espontáneo asado invade nuestra casa provocando la casi inmediata asfixia de cualquier ser vivo.

Los vecinos del fondo son raros. No hablan con nadie, nunca están, nunca incitan escándalos. Hasta que Boca Juniors juega partidos de cualquier índole y ahí es cuando automáticamente el dueño de casa se transfigura en un salvaje que grita cosas inentendibles, se perciben golpes y abre la ventana buscando “gallinas” sueltas por el cielo, a las cuales les dedica los mejores deseos.

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La del frente, tiene cinco perros y dos gatos. Vive sola en una casa enorme y cierra el portón del garaje con cadena y candado. Se ve que el marido la dejó porque no soportaba más la mugre y el olor de tantos animales; ni tampoco toleraba ver un jardín al frente con un cantero saturado de flores de papel. Fue mucho para él y para nosotros, que felizmente somos una especie de oasis en medio de un campo de batalla de desequilibrados.

A decir verdad, los vecinos son males necesarios. En estas familias periféricas invariablemente encontramos a alguien que coincide con nuestro modo de ser, que saluda con el más campechano de los augurios, o que conversa del clima con la misma pasión que solemos hacer nosotros cuando notamos que no hay ni habrá jamás otro tema recurrente e interesante con el interlocutor de turno.

Recuerdo que la primera vecina que tuve era una mujer que alcanzaba el metro ochenta -cuando uno es niño especula que todos los demás tienen una talla XXL-, usaba polleras tan largas como sueltas y blusas siempre blancas. Me regalaba golosinas y me traía revistas de historietas para leer; pero como contradicción, rociaba litros de insecticida en la puerta de mi casa y en las plantas que decorosamente mi madre dejaba en un pasillo. Tras un par de años de tolerar las agresiones de los químicos e influir en la constitución de mis primeras caries, Quica se fue jurando que nunca más iba a volver a un pasillo con tantas cucarachas.

La familia que ocupó el territorio de la alta mujer se caracterizaba por tener una madre que dejaba a su chiquita todo el tiempo jugando en el pasillo y desde adentro de la casa gritaba como chiflada. Extrañamente era una familia que olía a kerosén todo el año, lo cual nos hacia temer por una explosión que arrasara con todo y todos. Finalmente, tras año y medio se fueron jurando que nunca volverían a una casa tan fría y a un pasillo tan silencioso.

Cuando alcancé mi pubertad, ya entendía a la perfección que esas personas que viven a metros de uno siempre están. Eternamente hay algunos de ellos para hacerte la vida más amena, o todo lo contrario. Concebía que no tienen grises ni puntos medios: o te llenan de azúcar o te envenenan al gato con lo primero que encuentran. Son así.

Después de mis primeras experiencias con vecinos, prosiguieron experiencias como Tota –una señora muy mayor que siempre tenía la medibacha por los talones y usaba peluca un tanto vieja porque se le veía la malla–, Nadia –una mujer enorme y sumamente mal hablada que vestía una moda anómala basada en vestidos y debajo un joggings; la gente del barrio confirmaba que ella le pegaba al marido– y luego vinieron cosas más normales como el loco de la selva –una casa llena de plantas–, el fanático de los autos –vivía reparando sus dos autos y su camioneta–, el loco de la electricidad –Pedro, pobre, vegetaba por las paredes buscando tapones para cambiar– y Alexandra –quien, según cuentan, tenía un patio lleno de botellas vacías de bebidas alcohólicas y golpeaba mucho las paredes con la cama a la hora del amor-.

Como verán, tener vecinos es una experiencia que pasamos la mayoría de nosotros siendo que vivamos en un llamado ph –propiedad horizontal, para los desprevenidos-, en el séptimo piso de un coqueto edificio con vista al río o en un country de moda. Los problemas desfilan, por lo general, por luchar contra los rumores, contra malentendidos, contra abusos y contra todo lo restante que sea diferente a nuestras costumbres. Es por eso, que en este aguerrido artículo voy a proponerles cinco situaciones comunes y sus correspondientes cinco soluciones posibles para vivir en paz y unión con la vecindad y evitar de este modo, como es tradición, encuentros feroces para intercambio de opiniones.

1. “El marido de la vecina del 2º me mira demasiado y si no me pareció mal me invitó a conocer su cama cuando la Marita se va a los chinos”

No seas tonta, ¿cómo vas a pensar mal del Anibal? ¿No ves que quiere que conozcas el sommier que se compraron con tanto esfuerzo? Los vecinos de buena fe tienen esas costumbres de bien: pasas, te sirve una copa de un riquísimo vino blanco, unos canapés especialmente ideados por él pero hechos por las manos de la Marita y claro, quiere mostrarte su preciado tesoro. Así son los buenos vecinos, probablemente quiera recomendarte el colchón para que copies su compra y tengas noches de intensos sueños. No repares en gastos, ¡probablo si te lo propone!

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2. “Los perros del vecino no paran de ladrar, ¡van a enloquecerme; ¡ya no puedo siquiera dormir!”

Los habitantes contiguos no entienden que sus pichichos rompen la paz de la cuadra, resquebrajan a golpes nuestra armonía y destrozan nuestros tímpanos con esos ladridos de porquería. Pues bien, no permitamos que los animalitos dividan las aguas entre vecinos. Mediante una cordial explicación y pedido de solvencia, nuestros vecinos comprenderán que así no se puede vivir y enseñaran a sus perros a comportarse.

Claro que esto sólo ocurre en un mundo paralelo; por ende los invito a pintarles las paredes, tirarles bombas de olor por las ventanas, dejarles carteles indicativos y pero sobre todas las cosas: nunca quitarles el saludo. Nunca se sabe cuando podríamos necesitar una tacita con azúcar.

3. “Los de arriba hacen ruidos terribles al caminar, tiran cosas, gritan como monos, dejan el ascensor siempre abierto, pero en el fondo son divinos”

Terrible caso para el análisis ya que connota una guerra a punto de desatarse sólo que es detenida constantemente por la simpatía que estos individuos emanan al cruzárselos en los pasillos, el hall de entrada o en el mismísimo elevador. Quizás la solución aquí residiría en alcanzar trama de conversación y comentar al paso que hay inquilinos en el edificio que están practicando las malas costumbres y que, según el administrador amigo, está por pedirles que dejen el departamento al finalizar el contrato. La clave entonces será: sembrar el pánico a como de lugar . Vaticinar lo peor, hablar sobre el siniestro final que viven los mal aprendidos y siempre – pero siempre – expresarles que nosotros estamos de su lado, que los vamos a apoyar y no sólo eso: que son encantadores y que nunca tuvimos vecinos como ellos.

4. “La vieja metida del fondo se la pasa maldiciéndonos, todo le molesta. Nos tira basura en la puerta, corre al gato con la escoba, etc. Encima es amiga del dueño de nuestro departamento.”

¡Qué gran dilema! Acá entra en juego una opción un tanto conformista y es tener diplomacia. Sabemos que si no podemos contra ellos, hay que unírseles, pero ¿hasta qué punto? ¿Es necesario chuparle las medias a la señora mayor con tal de no quedarnos en la calle y darle a ella el gusto de la victoria? ¿Aceptamos que su marido se pasee por nuestra vereda con unos pantalones a la altura del pecho, dividiendo claramente la zona baja del cuerpo? ¡No, claro que no! ¡Repudiamos estas costumbres y hábitos, preferimos la beligerancia y quedarnos sin una morada! Lamentablemente uno quiere cordialidad 100 % pero también el ser humano tiene un orgullo que conservar.

5. “Estamos siendo intoxicados por las constantes masitas de la vecina de al lado ¿Cómo detener este ataque sin cuartel?”

Lamentablemente siempre tendremos un vecino que sea caracterizado por el abuso de dulzura en todos los sentidos. Este estereotipo hecho persona se identifica por brindarnos semana tras semana ofrendas del tipo empalagoso y tan regional como ricuras especiales de las diferentes festividades. Atacarán nuestra salud con galletitas caseras, turrones, tortitas y flanes. Y también atentarán contra nuestro cuerpo con panes dulces, roscas y sobras de bautismos o cumpleaños de sus familiares. Nosotros aceptaremos cada homenaje proveniente de la pastelería artesanal y comeremos con dudoso ánimo hasta caer presas de un ataque al hígado sin precedentes; y como es costumbre en este tipo de cosas: no volveremos a tocar bocado hasta próximo aviso, eliminando cualquier obsequio lleno de azúcar o dándoselo al perro.

En resumidas cuentas, sabremos con los años que a los vecinos no se los puede eliminar con tan sólo cerrar los ojos. Estarán perpetuamente. Si no son ellos, serán otros. Algunos serán humanos y caritativos y otros peores, y algunos hasta muchísimo peor. Pero en definitiva, quizás sean ellos quienes nos vean como la peor amenaza y piensen que nuestras plantas, nuestras luces o nuestra delicada selección musical a volumen promedio atacan sus vidas.

Pobres de ellos, no saben lo que dicen. Espero haberlos convencido que lo mejor que podemos siempre hacer es hacer oídos sordos y escaparles sea como sea, porque es mejor tener vecinos fantasmas que enemigos íntimos viviendo del otro lado de la pared.

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