Revista Alrededores

“La ciencia es aburrida porque sólo ofrece respuestas” (Martín Heidegger)

Martin Heidegger

Año IV - Nro. 42 - Agosto 2009
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Mambos que mejor no bailar

 
 

Las obsesiones son trastornos del comportamiento que, de volverse más intensos, se denominan trastornos obsesivos compulsivos, en los cuales los individuos generan rituales para evitar consecuencias tormentosas y nefastas acciones, y así calmar ansiedades y demás.

Creo necesario, para que el lector se ponga alerta, hablarles específicamente de ámbitos donde las obsesiones y manías son más visibles y comunes. Pero en este artículo no sólo enumeraremos con descaro algunas de estas mañas para que la puesta en común sea un mero informe, sino que se analizarán las peores costumbres que la gente tiene para hacernos la vida tan complicada como un juego chino.

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El trabajo: en este contexto rige la diversidad de conductas y costumbres, lo cual exacerba la variedad de trastornos –leves o no, perceptibles o no-. Veremos, como con atención, podremos evitar el contacto con estos “ loquitos” o esgrimir nuestras acciones al ojo humano del vecino de escritorio.

Si estamos en presencia de gente que constantemente juega con alcohol en gel entre sus dedos, sabremos a ciencia cierta que son inestables emocionalmente y que están huyendo de cualquier peste, incluso del chico que entrega la correspondencia y de la chica que vacía sistemáticamente los cestos de papeles. Esta misma gente, conjuntamente, coloca las lapiceras en organizadores dependiendo del grosor / color de las mismas y esconden los lápices en los cajones del escritorio. Odian las hojas dobladas y las manchas de la taza sobre el pálido escritorio; también, se sientan con la espalda derecha apoyada sobre el respaldo de la silla –con rueditas– aludiendo que tienen que controlar la escoliosis o el más mínimo desvío de columna. De la misma manera, mientras están sentados, juegan con sus pies y los mantienen cruzados cuando ya se aburrieron o piensan que puedan estar viéndolos.

Cuando llega el momento de tomar un refrigerio, lavan obsesivamente las tazas o vasos. Las sacuden al ritmo de un imaginado mambo –justamente– mientras rebalsan de detergente de pésima calidad. Al terminar: las secan con un sistema de calor propiciado por aliento y servilletas de papel. Ni mencionar cuando llega el momento de elegir el restó que traerá la comida, ahí se se debatirían los nombres en afán de calidad, cantidad y la mejor impresión al atender el pedido vía telefónicamente.

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Estos mismos mortales no prestan goma de borrar ni corrector, como así tampoco facilitan la abrochadora. No te dan hojas para imprimir ni te pasan llamados importantes. Además, si pueden, treparan en la empresa hasta lograr un apartado especial desde donde manipularnos con sus manías. Gente para tenerle cuidado.

Los medios de transporte: panacea de las manías y terreno favorable para la falta de respeto. Parecería ser que las personas cuando viajan, dejan fluir sus miserias más grandes y las comparten, con desagrado, junto a otros pasajeros. Es común encontrar en los colectivos gente afectuosa que no sabe cómo demostrar tanto cariño más que apoyando sutilmente partes de sus cuerpos sobre los nuestros. A veces, estas galanterías son acompañadas por unas sonrisas cálidas y unos movimientos de párpados un poco innecesarios. Se suma a estas encantadoras actividades, aquellos que abren las ventanillas sin importar las condiciones climáticas reinantes a lo largo del año ni mucho menos pensando en los demás acompañantes de coche. Como manías referidas a esto, están aquellas personas que no toleran retener “algo” en sí mismos y tienen necesidad urgente de desprenderse de ello.

Claro ejemplos son: los que arrojan papeles por las ventanas, los que esputan con puntería olímpica y los que van saludando cordialmente a las mujeres que tranquilas se pasean por las veredas – estos saludos son muy pasionales, debo admitir-. Otro capricho perceptivo que encontramos en los colectivos es ver boletos decorando asientos, ventanas o hechos rollitos desparramados por donde posemos la mirada. Indiscutiblemente la creatividad humana en los viajes se dispara a dimensiones desconocidas.

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Sabemos con certeza que las peores ocurrencias se suceden del mismo modo en los taxis y subtes pero es en los colectivos donde claramente hallamos cosas de mayor calibre para el escándalo ¿o acaso nadie se cruzó con aquella persona que toca timbre hasta que la uña del dedo salta de tanta presión? Gente para temerle o hacerla desaparecer con una varita mágica de juguete.

En la institución educativa: los alumnos son de demostrar sus peores facetas obsesivas tanto en las escuelas o universidades como en el ámbito que desarrollaremos en el siguiente punto. Decíamos que los educandos son competitivos, inquisidores, no prestan sus útiles ni permiten que les copien su artillería de crayones. Ya de niños, entonces, se pueden enumerar cuestiones relacionadas con las manías como el largo del delantal, el ancho de las vinchas, el color de las mochilas o carritos de mano y, como punto importante, el pupitre que ocuparan calurosamente en el año.

En la universidad es más corriente encontrarse con aquella persona que habla de autores como si fueran familiares directos y son los mismos que siempre te juzgan por no saber tal o cual cosa, por no asistir a todas las clases y por fumar en un pasillo. Estos individuos son los mismos que tienen hipocondría y viven a pastillas para solventar la gama de males que les perturba. Como no son felices, tampoco permiten que otros lo sean; harán todo lo necesario para hacer sentir burro hasta al más relajado y peleará en el centro de estudiantes por pecaminosas ideas. Es claro y evidente, mis lectores, que estos estudiantes se reciben rápidamente y colocan el diploma en un entorno decorado con un estilo minimalista. Gente para olvidarla meteóricamente.

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Finalmente, y por esta entrega, hablaremos de las manías más horrorosas que encontramos en un ambiente plagado de sujetos con ánimos de molestar. Hablamos entonces del boliche. Cuando uno está encerrado toda la noche dentro de un boliche o bar muy concurrido –al son y ton de las más pegadizas canciones -, suceden cosas inmanejables y de las cuales hay que hacer una evaluación. Los habitúes de la noche saben que están como en sus casas, entonces beben sin moderación alguna, queman con los cigarrillos casi sin querer a otros sujetos, empujan en las pistas de baile a codazos, gritan descocadamente y te hacen un cortinado sobre la cara con sus largas cabelleras. Es claro que esta misma clase de gente que va a los boliches a hacer uso de las instalaciones como mejor les plazca, hablan con los hombres de seguridad, conocen al barman por su nombre y a todo otro empleado del lugar lo llaman “bichi”, “pichi”, “pupi”, “papu”, “potro” o “bolóh”.

Asimismo, estos personajes faltos de respeto, argumentan fuertemente que van a ese antro porque ahí pasan la música que está de moda y con la que pueden mover sus caderas al ritmo de una cumbia o de un tema electrónico que les rememorará al último verano en la costa – cuando esto suceda, gritaran enardecidos y gesticularan caras casi irreales-. Esas adolescentes mujeres tendrán características irremplazables en los catálogos imaginarios de cómo son los jóvenes a esas edades: la misma remera cruzada, el mismo cinturón con tachas, el mismo perfume empalagoso y el pelo sobre la cara. Los ojos delineados con un pulso casi inhumano. Los hombres

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son siempre los mismos, quieren parecer que tienen dinero de más en sus billeteras y tratan de levantar “minas” no importando la calidad sino la cantidad. Estos mismos chicos son lo que todos los meses les enseñan a sus padres las calificaciones que obtienen en la escuela o en la universidad y piden el auto prestado porque, según ellos, manejaran con cuidado. Quizás sea cierto, quizás juegan picadas en Avenida Libertador. Gente para encerrarla en un avión y mandarlos lejos, muy lejos.

Vemos como en los diferentes ámbitos se esconden personalidades al borde de lo macabro, que utilizarán sus manías y obsesiones para incomodarnos y hacernos presas de sus comportamientos. Espero que esta nota –que servirá de modelo absoluto de precaución y prevención- los mantenga lo más lejos posible de estas virulentas personalidades; a su vez espero que me comenten qué otras esferas pueden ser oportunos al desarrollo de mañas. Serán tratados exhaustivamente en una próxima entrega.

 

 

 

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