Opresión-posesión-represión
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El agua en el fuentón,
de Lucía Pratolongo
Dirección: Flora Ferrari y Lucía Pratolongo
Actúan: Flora Ferrari, Mausi Gero, Matías Panelo, Lucía Pratolongo, Keila Reynoso
Sábados 19:30 hs. Entrada: $15
Teatro Anfitrión, Venezuela 3340, Capital Federal. Teléfono: 4931-2124 |
Una cocina. Una mesa. Un mueble. Una televisión. Una mujer que la mira absorta y distante. Esta escena, que abre El agua en el fuentón, sería habitual de no ser por un detalle: en la habitación hay una jaula y, asomada entra las rejas, una joven de ojos translúcidos, aterrados y perdidos. Elsa, la dueña de casa, le ofrece una zanahoria, le pone agua en un tacho y le pide que se bañe, que le cante. Que llene de algún modo una existencia vacía. Una vida en la que la visita de un plomero se convierte en un evento social planificado, en la que la cena consta de sándwiches que se comen en silencio frente a la tele, en la que se llama por teléfono recurrentemente para averiguar si no han llamado. A Elsa la visita su hija, y la tensión entre ellas podría cortarse con una navaja. Esta joven mira con conmiseración a la de la jaula y, por un momento, están hermanadas por la opresión-posesión-represión impuesta por Elsa. Salvo que una de ellas pudo romper las cadenas y, fuera de las rejas, huye, antes de convertirse en el objeto que supo dejar de ser. |
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Con una dramaturgia que promueve la reflexión del espectador, actuaciones acertadas y vívidas -es particularmente destacable la expresividad alcanzada por Flora Ferrari, encarnando a un personaje que no tiene diálogos-, una escenografía austera pero funcional y un trabajo de iluminación que aprovecha una ventana existente en la sala para jugar con lo pesadillezco y lo onírico, El agua en el fuentón abre una serie de interrogantes.
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¿Dejamos de estar solos cuando nos acompaña alguien, aunque sea contra su voluntad? ¿La proximidad de un cierto calor humano anula la soledad? ¿Poseer a otro nos brinda una salvaguarda, nos instituye como seres más plenos? ¿Tener, juntar, coleccionar, guardar nos proporciona seguridad? ¿Qué pasa cuando en vez de tener, juntar, coleccionar, guardar cosas lo hacemos con personas? ¿A cuántos sujetos-objetos tenemos enjaulados en algún rincón? ¿Su presencia, su mirada translúcida, su canto tenue, nos hace sentir más felices, más vivos? ¿O nos muestra de lleno el frío del vacío? |
No sólo estas preguntas, sino otras, muchas, múltiples se abren una vez que la función termina. Tal vez en cada miembro del público las inquisiciones se disparen hacia lugares diferentes. Pero seguramente todas sean en un punto como estas: preguntas de esas que duele contestar.
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Discos, libros, películas, sitios
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